miércoles, 11 de febrero de 2009

Método y decepción

Soy un hombre muy metódico y de rituales ordenados. Hoy ha sido unos de esos días donde, por algún extraño influjo, algo se rompe en la cadena de acontecimientos rutinarios. Suele ocurrir en circunstancias de mucha tribulación.
Cuando regreso a casa desde la oficina, me quito apresuradamente el traje, arrojo sobre la cama la camisa, los calcetines y la corbata. Tras colgar el traje y la corbata en su armario hasta el día siguiente, me visto con un pantalón viejo, una camiseta y unas chanclas y echo los calcetines y la camisa en un cesto de ropa sucia que tenemos en la cocina al otro extremo del pasillo. Al acostarme arrojo los calzoncillos al suelo, hasta que al día siguiente, a eso de las siete y media de la mañana, y una vez duchado y vestido con el traje, cojo los calzoncillos - no sin antes besar a mi mujer y musitarle al oído “a ver como te portas hoy” - recorro el pasillo, los arrojo al cesto y llamo al ascensor. Todos los días de la semana, un día tras otro.

Pues bien, esta mañana llamo al ascensor y baja ocupado por una chica que vive en el décimo. De mi misma estatura, de una guapura rotunda, grandes y redondas tetas, un amplísimo escote, pelo y piel muy lisos, ofrecía un perfume insinuante y provocador. Puros placeres visuales y olfativos. Es una de esas mujeres que acomplejan por la seguridad que aparentan, como si tuvieran teorías para todo y no dudasen nunca. Siempre que hemos coincidido y tras darnos los buenos días y eludir mirarnos el uno el otro - aunque a mí me resulta duro por el asunto del escote -, he terminado pensando que me la comería entera de arriba abajo. Hoy, tras colocarme tímida y galantemente al fondo del ascensor, se ha vuelto y me ha mirado a los ojos, luego hacia abajo, de nuevo a los ojos y su sonrisa invitadora me ha partido el alma. «No puedo creerlo, es mía, toda mía…qué coño le digo o hago», pensaba paralizado cuando de nuevo me mira a los ojos, a mi brazo, que sujeta mi elegante gabardina, a los ojos de nuevo y, finalmente, me dedica una amplísima sonrisa y un guiño estremecedor. Mi corazón aporreaba la puerta para huir de su encierro. «Te escapas de ésta, pero tú y yo dejamos algo pendiente», he pensado cuando el rebote del ascensor indicaba que ya estábamos en el segundo sótano donde tenemos nuestras plazas de aparcamiento.
- Hasta luego –me ha sonreído de nuevo mientras se dirigía a su agresivo deportivo.
- Adiós –contesté, y tras apretar el mando a distancia me doy cuenta de que me persigue con la mirada y me clava una nueva sonrisa que se me hace eterna.
He abierto la puerta del acompañante, como hago todos los días, para tener la ropa de abrigo a mano y luego volver a la otra puerta y ocupar mi sitio de conductor. Entonces lo he entendido todo: encima del asiento ha caído mi gabardina, encima de mi gabardina han caído mis calzoncillos. Una profunda decepción nubla ahora mi pensamiento.

1 comentario:

alfonso dijo...

También tiene su aquel...